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SILVANA VOGT
EL FINO ARTE DE CREAR MONSTRUOS
Para Arnau y Valentina,
desde el génesis hasta el apocalipsis
Es la única diferencia entre los muertos
y los que se van, ¿verdad?
Los que no están muertos vuelven.
AGOTA KRISTOF
Escribir porque los muertos pueden leer.
ANNE MICHAELS
Olvida a los muertos que has dejado,
no te seguirán.
BOB DYLAN
BATALLA NAVAL SOBRE ATAÚDES
Morteros se inundaba con facilidad y sin causas.
Algunos días de algunos años, los campos se llenaban de agua y, sin que nadie supiera muy bien por qué, Morteros se transformaba en un pueblo flotante: flotaban las vacas, flotaban los coches, flotaban los perros y las bicicletas, flotaban los maceteros, flotaban los bancos de la plaza, flotaban las barreras del ferrocarril y el escenario del Tiro. Un año, también flotaron los muertos. La imagen no es fácil de recordar y, sin embargo, es imborrable: flotaron noventa ataúdes y todos hicieron el mismo recorrido, marcharon en fila india desde el cementerio hasta el monumento que está frente a la plaza, en el centro del pueblo. Algunos, al pasar por la estación de tren, quedaron enganchados en las barreras, pero de eso se dieron cuenta los conductores del Norteño al día siguiente, cuando en su trayecto San Francisco—Suardi pasaron por Morteros y vieron que a la barrera le había nacido un ataúd.
Era el Día del Niño y estábamos en la plaza, frente a la iglesia, con medio cuerpo en el agua, divirtiéndonos. Cuando los mayores vieron aparecer los cajones, el griterío anuló cualquier atisbo de racionalidad y enseguida vimos que aquello iba a ser una gran aventura. Nuestros padres comenzaron a nadar intentando reconocer los féretros con los restos de sus cadáveres queridos, mientras nosotros organizábamos una batalla naval subiéndonos a la última morada de nuestros antepasados. Navegando por el bulevar como corsarios, como piratas, como niños flotantes nacidos en Morteros.
Nuestras madres sufrieron ataques de nervios. Nuestros padres también, pero los disimularon mejor. Cuarenta niños nos subimos a cuarenta ataúdes y jugamos durante más de una hora a la batalla naval, al Titanic, a matarnos y a morir.
Yo navegaba al lado de Martín Mattioli y de la Mínima Suárez y, entre los tres, intentábamos hundir al Fede Fenoglio, que tenía ventaja porque había logra- do domar dos corceles de madera que había puesto en paralelo juntándolos con sus largas piernas, lo que hacía difícil la misión de tirar por la borda al capitán.
Me acuerdo de que la Pía Tonetti iba encima de un cajón blanco, precioso, y que detrás de ella, aferra- do a su cintura, iba el Toti Liteli. Eran los únicos que navegaban a dúo. Primero jugamos a todos contra todos y, cuando nos cansamos, alguien propuso que organizáramos ejércitos.
—Los de los ataúdes marrones, contra los de los ataúdes negros —dijo Martín Mattioli.
—Y los de los ataúdes blancos somos los jueces—dijo la Pía Tonetti.
Así fue.
Al finalizar la batalla, alguien propuso hacer una carrera, y todos pusimos proa hacia la línea de salida que era, sin discusión alguna, el monumento que hacía las veces de rotonda en el único cruce de calles grandes de toda la comarca.