Silvana Vogt (Morteros, Argentina, 1969), es la autora de El fino arte de crear monstruos. Vivió en varias ciudades de Argentina hasta establecerse en Buenos Aires, donde estudió Filosofía, Psicología y Producción radiofónica, antes de que los altibajos económicos de su país le empujara a emigrar a Barcelona en el 2002. Es también la autora de La mecànica de l’agua, escrita en catalán. En 2018 recibió una Beca de Escritura Montserrat Roig (Barcelona/Unesco) y reanudó la escritura en lengua materna. Tiene una librería, Cal Llibreter, a Sant Just Desvern. El fino arte de crear monstruos es su segunda novela.
1. ¿Cómo definirías tu libro en pocas palabras?
Es una novela escrita desde la ternura, la inocencia y la magia de la infancia, que intenta poner belleza y consuelo a las hecatombes del mundo. Sucede en el momento exacto en que una cabeza y un corazón deciden que la vida sea solo el borrador de la literatura. Es un libro sobre la literatura como respuesta a todas las cosas. Sin que la protagonista, Vidria, entienda eso de esta manera tan clara como la enuncio. Es un libro sobre el precio a pagar para poder cumplir los sueños que quedan más allá del primer paraíso: el lugar de origen y la niñez.
2. ¿Supiste desde el principio que El fino arte de crear monstruos sería el título o barajaste otras opciones? ¿Cuáles?
El archivo se llamó El Sahel durante un par de años, cuando todavía no sabía que sería una novela y solo eran disquisiciones sueltas. Después, cuando ya trabajaba con la idea de la novela, se llamó La chica de la moto. Y, un poco más tarde, cuando el proyecto se había torcido mucho, se llamó Alertas tempranas para catástrofes futuras. Fue recién cuando acabé el libro, cuando ya tenía el borrador definitivo, que decidí que la frase que me había acompañado durante toda la escritura, casi como un eco, El fino arte de crear monstruos, sea el título correcto, el que siempre había estado ahí, esperando agazapado detrás del punto final.
3. ¿Qué ha sido lo más difícil del proceso de escritura de esta novela?
Los abandonos a los que la sometí. A veces, porque me parecía que no iba a ningún lado, que nada funcionaba en el texto, que yo no tenía las herramientas suficientes para llegar al final de la historia. Pensaba que el relato debía ser más complejo, que tenía que sostenerlo sobre una estructura mucho más ambiciosa, que los personajes debían desfilar de otra manera por la trama, que le faltaban páginas, capítulos, explicaciones, que le faltaba un contrapunto, otro mundo que completara ese “mundito”. Pero el momento más complicado fue cuando renuncié a la lengua materna y dediqué cinco años a la escritura de La mecánica de l’aigua, mi primera novela publicada, escrita en catalán. Me fascinó la manera en la que funciona el cerebro cuando uno escribe en un idioma extranjero y creí que no iba a volver a mi lengua. Pero hubo gente a la que admiro y quiero profundamente que me pidió que acabara el proyecto anterior, gente que me hizo entender que tenía que volver intentarlo porque ahí, en lo que había abandonado, había algo muy potente. Acabar El fino arte de crear monstruos, volver a la escritura en lengua materna, fue un acto de agradecimiento, de obediencia y de confianza ciega en el criterio de esa gente, de esa red de contención, sin la cual la escritura sería imposible.
4. ¿Qué lecturas, películas o música te inspiraron a la hora de escribir El fino arte de crear monstruos?
Fueron muchos años de trabajo y, por eso, hay demasiados referentes detrás de la novela, pero, sin la literatura de Rodrigo Fresán no existiría el libro. Sin los libros de Eduardo Halfon no habría encontrado la brújula. Sin los libros de Anne Michaels, en especial, La cripta de invierno y el poema To write, estaría bloqueada. Sin Agota Kristof no hubiera entendido qué estaba poniendo por escrito. Y Lila, de Marillyne Robinson, fue fundamental, durante momentos de zozobra. Érase un río, y todos los libros de Bonnie Jo Campbell, y, con ella, el descubrimiento de la editorial Dirty Works, y su tribu, fueron, sin lugar a duda, el antídoto para todos los venenos con lo que intenté asesinar a Vidria, la protagonista de El fino arte… Y luego, la música de Hank Williams, Neil Young, Bob Dylan y ABBA. Hubo una película que me fascinó porque me parecía que en ella había la misma magia que yo quería que tuviera El fino arte…; pero la vi cuando ya había terminado la escritura: Bestias del sur salvaje. Me acuerdo me consoló del mismo modo que me consoló leer La segunda venida de Hilda Bustamante, de Salomé Espert, o Planimetría de una familia, de Lía Piano, (un libro que, además, como El fino arte… está dedicado a un perro). El trabajo ya estaba acabado, pero encontrar Bestias del sur salvaje y esos dos libros fue un consuelo durante el difícil proceso que aparece después del final, cuando uno no sabe si alguien se interesará por lo que creó. Confirmar que hay otra gente sacando el humor y la fantasía y la mirada del mismo lugar de donde uno está sacando el humor y la fantasía y la mirada es una gran suerte para atravesar, acompañada, las horas de desasosiego.
5. ¿Tienes alguna rutina o ritual de escritura? ¿Cómo es tu proceso creativo?
Me cuesta mucho pensar en escribir algo si no tengo semanas o meses de dedicación, de tiempo de calidad, por delante. Y necesito escribir en mi ordenador con pantalla grande, no consigo que el cerebro, los dedos y el mundo inventado y el real se comporten como quiero si tengo que trabajar en un ordenador portátil. Me gusta tener determinados libros cerca, son los que yo llamo “mis libros para poner en el ataúd por si me crecen ojos post mortem”, esos libros que ya forman parte de mi cerebro, de mi cuerpo, de mi ADN y, sin los cuales, me siento desamparada. Cuando escribo en lengua materna lo hago sin pensar demasiado, sin tener en claro nada más que una imagen, una vaga idea de algún paisaje, un hecho apenas intuido, un animal, un personaje, una palabra. Después, cuando las páginas van avanzando, llega el momento en que la euforia y la velocidad y la seguridad en todo lo escrito se desvanece, que el texto no va a ningún lado. Es el momento de la agonía, de querer dejarlo todo. Es el momento de envidiar a la gente que hace trabajos manuales, que ejerce su oficio con normas claras, en el mundo real. Una peluquera, alguien le da luz al platino de un auto, alguien que pinta una pared, alguien que mide los contadores eléctricos, alguien que levanta paredes con ladrillos. Gente que no depende de que su mente, la gramática, las leyes de la ficción y el mundo irreal se conjuren y funcionen. Gente que no depende de lo intangible para cumplir con su trabajo, para saber que lo está haciendo bien. Ahora ya aprendí que, cuando llega ese momento, hace falta salir a caminar, dejar el texto durante un tiempo, relativizar el caos mental y no olvidar nunca que hubo gente que inventó el motor de un coche; el sistema de transmisión; gente que consiguió que un avión vuele; que una cúpula se mantenga firme; que un puente no caiga; que un cuerpo vuelva a la vida después de un trasplante. Y que uno está lidiando con palabras, en un mundo privado, que nadie nos está esperando. Es el momento de tener paciencia y ser más audaz que la desesperación porque, tarde o temprano, todo eso que parece que no tendrá razón de ser, siempre acaba conformando un mundo lógico, acaba acomodándose y mostrándote que sí, que otra vez estabas en lo cierto cuando intuías que dentro del bloque de mármol había una figura y que podías darle la forma correcta.
6. ¿Qué libro fue decisivo para que quisieras convertirte en escritora?
No fue un libro. No fue, tampoco, una decisión consciente. Cuando estudiaba producción y creatividad radiofónica, en Buenos Aires, empecé a escribir columnas de opinión y los profesores, periodistas a quienes yo admiraba mucho, me decían que un día me iba a dar cuenta de que lo mío no era la radio, sino la escritura. Después, cuando llegué a Barcelona, tuve una columna corta, tema libre, mensual, en un diario. Y aprendí mucho y conocí gente que me alentaba para que me dedicara a escribir. Yo no hacía mucho caso. Me parecía imposible optar por la escritura, me parecía rarísimo que uno pudiera decidir algo así. ¡Y menos a los treinta y tres años! Sin embargo, la gente que me rodeaba tenía muy claro que yo escribía, que tenía que escribir, que estaba perdiendo el tiempo intentando convencerme de lo contrario, así que me ponía las cosas fáciles para que la escritura sucediera de manera natural, a pesar de que yo intenté negar la evidencia hasta hace muy poco.
7. ¿Qué libro cambió tu manera de ver el mundo?
La crítica de la razón pura, de Kant. Estudiaba filosofía y, al leerlo, me di cuenta de que nada de lo que vendría después, en cuanto al pensamiento, me parecería mejor, que nada podría superar lo que ese hombre había escrito, lo que yo había aprendido al leerlo. Así que abandoné a los filósofos y me convertí a la ficción. Empecé a leer literatura después de Kant. Y la ficción me cambió, no ya la manera de ver el mundo, sino la vida entera: me fui de Argentina porque no conseguía un libro de un autor que admiraba. Decidí que mi país no podía negarme la trinchera literaria que había construido para soportar la realidad. Decidí que la ciudad a la que me iba a vivir sería Barcelona porque esa era la última palabra de un libro que adoraba y que adoro, escrito por el autor que había conseguido que leer narrativa, para mí, volviera a ser un acto inteligente, un ida y vuelta, un diálogo, un lugar del que no quería volver a salir porque, fuera de la ficción, solo había intemperie. Ese libro fue La velocidad de las cosas, de Rodrigo Fresán.
8. ¿A qué libro vuelves una y otra vez?
Más que a un libro vuelvo a algunos autores. Roberto Juarroz, Bernhard, Steinbeck, Emily Dickinson, Anne Michaels, Mary Oliver, Bonnie Jo Campbell, Selva Almada, Eduard Márquez, Diego Angelino, Jesús Moncada, Richard Ford.
9. ¿Cuál es tu personaje de ficción favorito?
¡Heathcliff! Pero también Lila, de Marilynne Robinson. Y, sin lugar a duda, Margo Crane, de Bonnie Jo Campbell.
10. ¿Cuáles son tus tres autores de referencia?
Esto cambia según lo que esté escribiendo, lo que tenga en el horizonte, la época que atraviese. Ahora: Juarroz, Bernhard, Jesús Moncada.
11. ¿Qué libro estás leyendo actualmente?
Tengo librería, leo doce libros a la vez porque la tiranía de las novedades me obliga a pasar filtros para no fallar demasiado cuando me piden recomendaciones. Pero, de todas esas lecturas, hay un libro editado por De Conatus, Limones, de Valerie Fritsch, que es una maravilla y brilla entre los demás. Y, aprovechando la flamante edición de Quid Pro Quo de un Bernhard en catalán, releo Extinció. Pero a Bernhard no lo leo como a los demás autores. Para mí es como ir a hablar con un amigo. Es como ir de vacaciones. Ir al psiquiatra. Ir al médico. Ir a emborracharme. Ir a un doctorado. Ir a un ring y boxear hasta el KO. Bernhard (y también Steinbeck y Juarroz) es diferente a todas las otras lecturas. Es como entrar a un laberinto en el que me siento tan pero tan segura y soy tan pero tan feliz. Lo descubrí hace tan poco y lo hubiera necesitado desde hace tanto tiempo. Bernhard, como Kant, es algo definitivo.
12. ¿Quién es tu lector favorito?
Mi escritor favorito en catalán, Eduard Márquez, tiene un funcionamiento que es la antítesis exacta de mi funcionamiento, a la hora de la escritura. Él piensa todo antes, controla, diseña, toma apuntes, cuestiona, lleva la narrativa al punto máximo en lo que, para mí, es la abstracción total de la escritura. Yo no pienso en nada. Me tiro sin paracaídas sobre la página en blanco y desde ese caos, saco la historia. Por eso, sin su lectura atenta, su fe en mi capacidad de escribir, sin los años de experiencia que tiene encima y que me presta con una generosidad inmensa, sin que el texto pase su inspección técnica, no sé si habría podido dar por buenos mis dos libros.
13. ¿Qué otros libros finalistas o ganadores de los PFN —de esta edición o de anteriores— recomendarías?
Si las cosas fuesen como son, Gabriela Escobar Dobrzalovski. Y, por lo que significó para mí su libro El idioma materno, Fabio Morábito, que este año tuvo en la longlist su Jardín de noche.